Recuerdo que había épocas en que todo era difícil, y recuerdo también que salí de ellas, herido, con la bala sin poder ser retirada y con las uñas enterradas en la división de los dedos.
Eran épocas en las que no valía la pena esperar a que mañana las cosas cambiaran porque no había hecho lo debido para poder solucionarlas. Por ende atiborrarme de penas, melancolías, llamadas desesperadas y continuos golpes contra la pared eran la más confusa e impredecible forma de evitar que el dolor del alma, fuera menos intenso que las del cuerpo.
Pero como todo en la vida hubo un día en que al levantarme y sin ganas de hablar porque no había nada responsable que decir, la caída del agua sobre mi nuca se volvió no solo refrescante sino decisivo, interpreté entre mi lamento una solución lejana y hasta nebulosa de lo que podía solucionar mis tanto y miles líos por resolver. Tome la toalla, y sin darme cuenta ya estaba a 4 cuadras de mi departamento caminando apresuradamente hacia donde mi pena podía acabar.
Hable con mil personas en tan solo 4 horas, escuche más de lo que pude hablar y comí menos de lo que ya había comido en los anteriores días, pero sabía o algo así me lo decía, que hoy mi pena iba a ser desterrada de mi alma, y sentirme ligero, sano, con las cejas al sol y los ojos sin humedad alguna.
Camine y me senté 4 más, ya van 2000 mil y entre ellos alguna que otra relación funesta de aquellas que sirven solo para recordarlas cuando te dicen ¿qué es de aquello que te arrepientes?. Y no, aún no había vuelo para mi alma ni espacio para un respiro.
Predije que en 2 más mi solución estaba a la mano, de aquellas veces en que ni con chamanes, brujos, orishas y demás predecesores de los tiempos, podían servir a la seguridad total de que podía lograrlo para dormir pegada a la misma almohada que me destruía la nuca por tanto tiempo. Pero no, como juego seguro de modulo amarillo a la salida de un centro comercial, mi suerte estaba más que echada y más insegura que nunca.
Por ende decidí creer que mejor era no buscar más en donde no había el más mínimo rastro de sangre compatible y rostro similar que entendiera. Así que con más de lo mismo volví al origen y decidí gritar lo que tanto me aquejaba aunque doliera más de lo que duele ver un rostro cambiante de amor por otro de incomprensión y pena.
Fui por cada uno de ellos y no esperé sus rostros, ni les permití mirarme mucho, solo lo dije, solo lo llené de incomprensión como quería, solo encontré palabras con punta de cicuta y con puntas agujereadas. La reacción era lógica, una vez más mi infortunio, mi histeria, mi calamidad, mi forma de sentirme celebre y noble, me dio la libertad de permitirme destruir un alma, dos corazones, cuatro bocas, tres manos y una nariz, por creer sea la solución a mi complicada e inentendible sensación de calma, por ser lo que no debía ni deseaba ser. Noble.
Corrí luego de ello, estaba lejos de donde venía, y era insosteniblemente fastidioso esperar tantas horas para creerme refugiado bajo lo mío, bajo lo que era mío, lo que desié sea mío, por ende solo olvidé lo que había hecho y decidí mecánicamente dejar que la vida me pase y esperar a que sea mañana, pasado mañana, un mes, dos, un año y dos más.
Recuerdo que cuando me decía que era lo más poco serio que había conocido y que era la última vez que me quería ver bajo su puerta, llevaba puesta otra ropa, no fumaba los mismos cigarros de antes y extrañamente mis cabellos no tapaban mis oídos. Mis brazos se movían independientemente de mis palabras y hasta no recuerdo aún el nombre completo de quien me contradecía todo lo que yo creía era correcto, ¿quién eres que te puedes acercar tanto?, fue ahí que me di cuenta que no estaba en el mismo lugar ni era la persona que en algún momento antes, según creía yo, había besado mi frente para irse luego a trabajar y dejarme dormido. No estaba en donde quería y había despertado de un extraño sueño o limbo en donde no había solucionado nada, querido algo y amado alguien.
Volví a salir como aquella vez que si recordaba salir, disparado buscando motivos, volví a esa 10 horas una a una y solo supe decir “Discúlpame”, encontré corazones pegados con cinta, manos entablilladas, narices reparadas y almas corregidas y solo súper decir “Perdónenme”.
Pero aún faltaba una risa que me contagiaba la risa, y una mano exacta para la mía, una vida que llenaba la mía y minutos antes, según creía yo, me había besado en la frente para irse a trabajar. Por lo que decidí volver a la cama, tome la almohada que destruye nucas, respire profundo y espere un beso de buenos días.
Dejé claramente ese lugar, no dormí más en esa cama, no volví a pisar las puertas de casas de 8 horas, y mucho menos a confiarlo todo en quienes herí, pero ha pasado muchos años, y ha pasado tanto en mí que no esperaba que acurrucado y dormido en un sofá intentando descansar, un beso pequeño y una mano larga me dijeran, vamos a descansar…otra vez.
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