Dedicado a los que gustan de leer y corregir, lo de otros.
Para cuando incorporé mi cabeza el dolor había cedido. Cada uno de mis dedos estaban siendo agujereados con pequeñas agujas afiladas y mi brazo tenso como tembloroso caía vencido hacia mis muslos. Sabía una vez más que hoy quizás no podría dormir sin pensar por pensar.
Nadia solía descansar en mi pecho cuando veíamos películas por las tardes en su casa, para mi buena suerte ella no solía babear en exceso, no roncaba en voz alta, ni mucho menos hablaba dormida. A veces creía que practicaba día a día ese momento, como si supiera que esas cosas podrían incomodarme, cuando no era así, e incluso me sorprendía que en el preciso momento en que la película llegaba al minuto 55, como si no me diera cuenta, cerraba lentamente sus ojos y abrazándome de lado a lado se me perdía por ahí en alguna historia nueva que contarme al despertar.
Cerca al cruce de Quilca con Tacna, a la hora exacta de cada día, leía en mi celular la palabra "mamita" y como cada día mi voz se entretejía de infancia y mimos. Con mi gorda no se necesita muchas palabras como para entenderme bien y sin problemas, le basta con escucharme y bendecirme el camino a casa, mientras le digo que ya llego y que me espere a su lado. Al llegar no hay mejor forma de recibir la noche que en sus brazos abiertos de par en par gritándome, " hoooola gordiiiiito", antes era "flaquito" pero esa es otra historia.
Y es que solo quien tiene a quien ama día a día en casa, entenderá que en los brazos o manos de esa persona hay un breve rompimiento del tiempo y del espacio, ahí no te llamas jonas, jo, ño, JJ, te llamas jonathan y obviamente, tienes tu diminutivo adjunto, eres Joncito, y solo ella sabe decírmelo como debe ser, porque desde que recuerdo su voz, su rostro y sus manos en mi cara, me reconocí así, Joncito.
Eran las 8.15 de la mañana, y mis ojos solo atinaron a llorar y llorar, mi sentido de la velocidad se anula junto a mi sentido auditivo, solo veo a mamá tomarse la cabeza y a papá ponerse rápida y calmadamente la bata para bajar al primer piso, mi hermano quien dormía conmigo en la sala por alguna razón que hoy no recuerdo exclamo el primer sonido que pude entender ese día, "Puta madre noooo".
Yo como presintiendo las cosas, solo lloré y lloré como debía ser, porque de ahí no llore más. El mayor de los Jorge, el hombre que me dio casa, un padre y una entereza nos había dejado y con él se llevaba mis recuerdos mis anhelos de verlo próximamente, mis tardes en la granja y su risa ronca y delgada. Ese día descansaba al fin de tremendo dolor y sufrimiento, ese día dejó que lo lloraran y que lo recordaran como el abuelito Jorge, no Dionicio sino Jorge, como orgullosamente apellido Yo.
A solo 30 minutos de cumplir 3 años y 11 meses la vi con su grupo de amigos de la infancia, y descolocado en mis celos que luego serían nada absurdos, me dejó caminando de vuelta a casa destruido, deprimido, derruido e inseguro. Me tomó solo 5 minutos llegar a casa y 4 meses volver a mi. 2 años después la volví a besar y en una semana la volví a perder.
Cuando comencé a escribir solo podía escuchar en mis oídos, "tic-tac", "tic-tac" . Me impuse escribir hoy y no demorar al hacerlo, me propuse pensar y no decaer en la lectura, me dediqué a tratar de escribir entendiblemente para que no corrijan más mis sentimientos y hasta mire cada vez que podía la hora para saber cuando debía irme a dormir.
Propuse, impuse, dediqué y recordé mas aún, a una mujer que se esmeraba por hacerme sentir querido, a una mujer que me ama y se cree mis historias día a día aunque algunas no sean tan ciertas, a un hombre que le dio mi apellido a mi padre y luego a mí, que me lleno de ternura seria y lucida, pero ternura a la vez y a una mujer que no le he dedicado un solo texto y que merece que lo haga.
Cada uno con tiempos, fechas y momentos contados, que solo me llenan de PRESIÓN, la de extrañar demasiado, la de amar en exceso, la de recordar sin doler y la de entender sin comprender. La presión tan pura del querer vivir sin que de nuevo te duela el brazo y la cabeza de vueltas y así llegar a casa, la de presionar la vida para que no te pase por encima, la de olvidar fechas, horarios y tiempos, esa que te produce gritar a donde y quien no debes, de esas que solo te hacen recordar que no estamos lejos de que a presión del vivir nos lleve a una de las más miserables depresiones.
Hoy como cada día recuerdo, toco, huelo y pienso, que no tengo tiempo para deprimirme sino de-presionarme hacia el suelo y pensar que a las 8:30 debemos leer en el celular como cada día, "mamita",
"tic-tac".
"No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable". (Mario Benedetti)
jueves, 25 de septiembre de 2008
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